miércoles, 11 de octubre de 2017

Aprovechando la euforia por el triunfo de nuestra Selección: aquí va un cuento

Messi malísimo
Basado en una charla en la que Gustavo Abrevaya
encendió la idea.



Y pensar que esos pies que ahora huyen metidos en zapatos de mujer, alguna vez calzaron en el campo de juego unos botines Fulvence. No va a negar que lo  calienta andar así vestido pero en ese momento, y en medio del fárrago mental que es el pensamiento de todo fugitivo impelido a correr para salvar la vida, le viene a la mente el recuerdo de aquella tarde en la que Lionel le había dado unos Adidas nuevos en cancha del Sportivo Borges. Y qué tendrá que ver eso, se pregunta mientras corre, con que le están doliendo los dedos apresados en las sandalias; no sabe qué número serán, probablemente 38 porque eso es lo que calza la hermana en tanto él es 42 y los tobillos se le doblan al no saber llevar los tacos por más que intente moverse con la mayor elegancia posible a la salida de la escuela número mil ochenta, Gabriela Mistral. Está ahí porque le habían venido unas insoslayables ganas de llegarse hasta la votación para ser él también protagonista y participar del hecho de que el Frente llegue de una vez por todas a gobernar su ciudad, Rosario; porque tantos años de socialismo corrupto no se aguantan más. Pero no ha podido sufragar y en cambio ha tenido que huir despavorido por segunda vez en el día –la primera había sido cuando su madre, una cansina señora de unos sesenta años, lo descubrió en la habitación junto a aquel delicioso muchachito que no es cierto, como seguro deben andar diciendo, piensa, había secuestrado sino que el chico había querido estar con él por voluntad propia, porque le gustaba, porque ya lo habían hecho otras tantas veces, antes. Y como estaban distraídos en sus lánguidas caricias, no la habían oído llegar de la calle ni tampoco subir las escaleras. Al descubrirlos había gritado: ¡Baltasar! con ese agudo imperativo que utilizan todas las madres del mundo a la hora de inmovilizar sus presas, los hijos, tengan la edad que tengan–. Y había tenido que correr escaleras abajo; y como iba desnudo había manoteado de pasada lo primero que encontró: esos zapatos y el vestido floreado, rojo, de su hermana, Norah; al fin había ganado la calle y terminó perdiéndose de vista con el firme propósito de no regresar nunca jamás. Y en el trance de la huida se había puesto a pensar en el mensaje de Facebook que había mandado a la dirección que, le habían dicho, era la del padre de Lionel. Y en el mensaje decía que: él, Baltasar Espinosa, el antiguo adversario de Sportivo Borges, había descubierto cuál era su jugada y que la iba a hacer pública; porque, vamos, juega siempre igual. La toma a tres cuartos de cancha, hacia la derecha del campo y mete un pique rápido, en diagonal, deja a dos o tres en el camino y la clava de zurda junto al primer o segundo palo. ¿Cuántos goles se le vio, a Lionel, hacer así?  ¿Que la gente es boluda, acaso? Eso está arreglado. Es una coreografía como la de las películas de Jackie Chan. Lo corrobora el hecho de que se acuerda de, justamente, el día aquel en el que Messi vino con las inferiores de Ñuls. Debía tener doce como máximo y él, Baltasar, unos diecinueve. En el primer tiempo lo había pasado –jugaba de cuatro, él– como a alambre caído. Y no se lo iba a permitir, no. Le había zampado un guadañazo de atrás que lo había dejado llorando. Amarilla le había puesto el árbitro y los había mandado a todos al descanso porque de lo contrario, la cosa se le iba de las manos. En el entretiempo –hacía ese calor de mierda que hace siempre en Rosario– lo había encontrado en cueros en la canilla de los quinchos porque era de la única que salía agua de todo el club. No había podido resistir y se había apoyado en él, también de atrás, para que lo sintiera; porque Lionel estaba agachado, bebiendo del pico. Le había dicho eso que si lo pasaba de nuevo así le iba a hacer cosas peores. Messi, tal vez espantado, le había mirado los Fulvence, que ya tenían el cuero algo raído y le había dicho: “¿no necesitás unos Adidas nuevos, vos?” Tenía una voz grave, como de tipo mayor. No encajaba con ese pecho esmirriado al que le habían venido repentinas ganas de acariciarle las tetillas. No bien comenzado el segundo tiempo, lo había dejado pasar para que pudiera clavarla en un ángulo, sin más. Le quedaban pintados, los Adidas. Juan Otálora, que era el capitán, lo había mirado como diciendo: qué hiciste, pelotudo. Ese había resultado el juego de Lionel. No es que sea, Messi, malísimo; es un jugador bueno, buenísimo, superior a la media: pero arregla los partidos. Es una inversión que hace. Con los millones que tiene gasta dos o tres en defensores y listo, lo dejan pasar. A Baltasar no lo engañan, che; por eso arma los desparramos que arma. Y entonces, más convencido que nunca de su idea, se dice que ya es hora de votar. De todos modos da unas precavidas vueltas por los pasillos de la escuela llenos de gente, no sea que lo anden buscando porque, aunque vestido de mujer, cualquier policía avezado lo puede llegar a reconocer. Y ya se sabe que lo calienta andar con esa ropa y sobre todo los zapatos por lo que ahora ha dejado de pensar en Lionel y se pone a elucubrar, mientras camina, en que le han venido ganas de comprarse un esmalte rojo y pintarse las uñas de los pies. Es lampiño, Baltasar; y lleva el pelo largo  así que, con unos aros y algo de rouge, fetén, fetén. Al chico lo violaba el padrastro, no él. Se lo había confesado, antes, cuando lo conoció y lo había invitado, porque tenía hambre y hacía frío, con un café con leche y muchas medialunas. Lo había tratado bien. Habían estado juntos, después, esa y muchas otras tantas veces, porque el chico quería, porque le gustaba. Sí, le daba plata, pero como ayuda. Pero quién le iba e a creer; y menos en esa ciudad gobernada por socialistas. Por eso había escrito lo de Lionel. Porque se le había ocurrido que podía llegar a extorsionarlo. Ahora se distrae porque divisa a un chico de unos siete u ocho años que llora. Se detiene a su lado hecho una señora que se inclina y pregunta: ¿qué te pasa, mi amor? El menor dice que no encuentra a su mamá. Baltasar se conmueve; le pone las manos sobre los hombros quitándole una inexistente pelusa de la remerita y luego lo acaricia, como queriendo abarcar la desvaída totalidad de esa silueta delgada; con su procurada voz más suave lo tranquiliza diciéndole que la mamá mandó a buscarlo. Que venga, dice, que tiene caramelos. Pero no, eso no es lo que sucede. La madre aparece a los gritos  –porque había entrado al cuarto oscuro a votar– cuando ya se lo estaba llevando rapidito de la mano y tiene que echarse a correr, lo más erguido y digno posible a pesar de que se le doblen los tobillos que ¡mierda! cómo duelen al bajar los escalones para lograr escapar aprovechando la confusión y el revoltijo que se ha generado en la escuela en la que se lleva adelante el acto eleccionario.


(Este cuento forma parte del libro Continuidad de la obra, publicado
en 2016 por la Editorial Municipal de Córdoba en el marco del concurso
José Luis de Tejeda

domingo, 28 de mayo de 2017

La Flora Ancestral



Dedicado a JLO de Cuando el Arte Ataque que preguntó por mí




La luz de la mañana juega entre las plantas. Hay musas paradisíacas, geranios y azareros. El jardinero cuando corta el césped, siega sin saber los oxalis, las vicias bonaerensis y los dientes de león; todas especies originarias que, empedernidas, tras nada más una semana de lluvia, son bien capaces de volver como un colorido malón a teñir entera la campiña de amarillo y de violeta. 
Efedras, trilobium, carquejas, zefirantes: nombres desconocidos para aquel aquejado por la moda minimal de un jardín burgués con formios y agapantos. Aquel que ignora que, bajo sus zapatos húmedos de rocío, puede encontrar aroma y medicina.
Algo que en la antigüedad fuera conocido, nombrado y respetado como sagrado.
Algo que la perpetua brutalidad mandó al olvido y, con la ironía de una lengua apropiadora, juzgó pertinente al desierto. “Algo que no está, que no tiene entidad”.
La flora ancestral, para mí, es la memoria: resiste y espera.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Tres días en la vida de Santa
1er. día: 22 de diciembre
El laburo –el curro, diría mi viejo– se lo consiguió Telmo. En realidad lo venía haciendo él hasta ese día pero le había salido para hacer de mozo en un bar de karaoke, que era más guita, por las propinas. Por eso había hablado con Beto. Incluso le dijo de tirar un colchón en el living de su casa total quedaban solamente tres días hasta Navidad. María Gabriela no se enojaría, no. Con lo de las fiestas estaba a jornada extendida porque en la tienda no daban abasto con las ventas. Beto aceptó. De cualquier manera, no le quedaba otra.
El trabajo era un clásico, cualquiera lo conoce. Consistía en disfrazarse de Papá Noel e instalarse en una silla frente a una especie de cabaña en el tercer piso del shopping para recibir las peticiones de los chicos, hacerles upa y posar para las fotos. El traje era la muerte: hedía a dinosaurio y estaba hecho de un pañolenci grueso como una frazada. El horario era de diez de la mañana a diez de la noche con quince minutos de descanso para una hamburguesa en el patio de comidas –gentileza del shopping, por supuesto–.
Para cuando llegó el fin de la primera jornada, Beto estaba deshidratado y le dolía la cabeza; a lo único a lo que atinó fue a tomar una aspirina y a tirarse en el colchón que le habían puesto.
Segundo día: 23.
Hacía más calor y el traje era una sopa por adentro. Trataba de moverse lo menos posible pero el gerente se había ensañado con él y pasaba a cada rato; que agitara la campanita y jo, jo, jo, le ordenaba con ojos que destilaban tirria. Y los chicos haciendo fila y todas sus voces agudas al mismo tiempo con eso de la play, la patineta y las zapatillas de Violeta. Unos botines de Messi y otra vez la play y las zapatillas. Y para colmo tres adolescentes de flequillo y shorcitos –supuso que habrían hecho una apuesta entre ellas– que lo miraban y se reían señalándolo. Una insistió en subirse a sus rodillas y empezó a frotarse y a pedirle guarradas en el oído. Se quería matar, Beto. Estaba todo mal, era chiquita, no podía estar haciéndole lo que le hacía y con las madres y los nenes viendo todo, todo el tiempo. Cuando las chicas por fin se cansaron y se fueron, Beto quedó envarado y no había modo de volver a la normalidad. Para las diez de la noche no sabía ni cómo se llamaba. Daba vueltas en el colchón tratando de pensar en cualquier cosa para calmarse. Fue inútil. María Gabriela pasó al baño en ropa interior, dos veces. Pensó que no se controlaría.
3er día: Nochebuena.
El traje parecía de lata a esta altura. Como el de un buzo o un astronauta. Y más y más chicos en la fila interminable. Pero había que ponerle el pecho. Después de la hamburguesa, al retomar su puesto, se encontró con que la primera era la adolescente del otro día. –Me estás jodiendo– pensó Beto, pero ya se le había puesto dura y ella, frotándose y diciéndole al oído que quería un vibrador y una ropita ¿eh, Santa?
Beto no tenía más minutos de descanso pero le importó un cuerno. Fue hasta el baño y se hizo una paja de parado, en el retrete. Eyaculó lo que le pareció un litro entero de esperma. Tanto que manchó el traje justo donde más se notaba por lo que intentó limpiárselo con ese papel ordinario que salía de un coso de acrílico al que hay que bajarle y subirle una palanca. Cualquiera sabe lo difícil que resulta quitar manchas de semen de una tela que absorbe.
Cuando quiso retornar a sus tareas vio que en su puesto había dos agentes de seguridad del shopping y uno que a todas luces era un poli de civil. Emprendió la retirada intentando que no lo vieran pero ¡ey! le gritaron y entonces se echó a correr. Se largaron tras él como perros de presa que eran. Bajó la escalera mecánica que subía, usando el pasamanos de tobogán. Pero tenían handys, los tipos. Otros dos lo estaban esperando abajo. Los borcegos le apretaban por lo que mucho no podía correr; se tiró de cabeza atravesando el kiosco de sweet candys. Los globos inflados con helio volaron hacia el techo tras el consiguiente desparramo y griterío. Pudo salir con lo justo por la puerta que daba al estacionamiento del bingo; esquivó por milímetros una mano que le retuvo el gorro tomándolo de la borla. Corrió por entre los autos estacionados. Se trataba de un extraño Papá Noel, sudado y calvo: llamaba demasiado la atención. Un policía uniformado le detuvo la carrera. Lo puso boca abajo y le esposó dolorosamente las manos en la espalda. En la seccional lo ficharon y le preguntaron una y mil veces por qué había corrido. No supo que decirles. Sólo que se había asustado. Le dejaron hacer una llamada. No les dijo, pero fue larga distancia. La madre, al otro lado, le preguntó si estaba bien y Beto le dijo que sí, que había conseguido un trabajito en el shopping, que todo estaba perfecto. Entonces le preguntó con quién iba a pasar la Nochebuena y él le dijo que con amigos. “Feliz Navidad, m`hijito” le deseó la vieja. Después cortaron. A las diez, diez y media de la noche pisó las calles nuevamente. Telmo y María Gabriela no le preguntaron nada. Con verle la cara se notaba que no estaba para contestar preguntas. Además tenían invitados. Le hicieron un lugar en la mesa y a las doce, que ya eran, brindaron todos.  


jueves, 25 de febrero de 2016

¿Quién quiere que le cuente un cuento?

La flor de sal

¿Holá? ¿Quién? ¡Siete! Qué hacés, Siete querido. Estoy más solo acá que loco malo. Hecho mierda, che. Dicen que tengo la cara en carne viva. Y sí. Pero no. Lo peor son los ojos, boludo. No sé, viste cómo es, los médicos se toman su tiempo. No. Un catzo. No veo un catzo. En lo de unas viejas fue. Uno me había mandado. Castiglione no había podido porque estaba afuera. Sí. Nueve. Con ella empezó el problema, vos sabés. Me duele todo, boludo. Quema. No, los reptilianos nada que ver. Sí, reptilianos, gil. Con Fabiana les pusimos reptilianos. Después prendió, el nombre, digo. Ahora todos los llaman así. La guerra entre los buenos ciudadanos contra los reptilianos. Ja. Y es una guerra más cojonuda que la de Medio Oriente. A ella se le ocurrió. A Fabiana, sí. Claro, bolú. Fabiana, la conocí militando en la villa cuando lo de las inundaciones. Sí. Con la Organización. Ella es estudiante de Sociología. Yo coordinaba. Al toque. Me enamoré al toque de ella. Y qué querés, es un caramelito. Se lo dije. Que quería verla desnuda le dije. Se cagó de risa. No, boludo, ese día no. Pasó un tiempo. Y no, el reptiliano, por aquel entonces, era candidato a Jefe de Gobierno. Quién iba a pensar. Uno me había mandado a hacerle el seguimiento. Sí. No. Y gracias a eso fui a Londres. Me garparon todo. Tuve que pelear un poco por los viáticos. Y, nada que ver ir a Europa que a Salta. Primero me mandaron a Salta porque había un encuentro de no sé de qué mierda de bosques nativos en el que el reptiliano era el orador principal porque se las da de conservacionista, de onda verde. Claro, boludo, ni siquiera pueden separar la basura en la Ciudad. La hacen separar en contenedores distintos pero los cargan  en el mismo camión. Dan risa. Pero en Salta yo fui el que se cagó de risa. Si te cuento lo que descubrí, te morís. Resulta que le mandé un transponder al decodificador de la tele de la habitación del hotel. Al reptiliano, sí. Me mandé una mañana al cuarto, por la ventana; una gilada. No, los custodios estaban en el pasillo y yo no me había registrado como periodista sino como un turista cualquiera. Me dieron justo la habitación de al lado. Estaba el reptiliano en una, el asistente en la otra y yo al otro lado. Le clipeé el transponder al cable y tuve imagen y sonido HD. Y no sabés: ¡Es puto, loco! Se la manya. Bah, se la da al asistente. Hace de macho, boludo. Se la re pone. Lo tengo grabado. Sí. Cuando le paso la data a Uno empezó a cagarse de risa. Dijo: listo, finiquitado el candidato. Y se la pasó a Cero. Yo me quedé como un boludo viendo a Rial y a todos los programas de la tele a ver en cuál salía el informe. No, a Lanata no, en el trece los re apoyan a estos. Y no, claro que no lo viste. No salió en ningún lado, boludo. No sé por qué no se animaron. Y Ganó las elecciones, el ñato. Puto y todo. Ganó esas y ahora estas otras. Una cagada, loco. Se ve que nosotros no las quisimos o no las supimos ganar. Teníamos todo. Ahora nos los tenemos que fumar por cuatro años. Por eso organizaban esos congresos que organizaban. Para maullar como gatitos calientes, boludo. No sabés cómo se daban. Y lo que disfrutaban…
Y bueno, va a Londres, el gil, pero ya como Jefe de Gobierno a un encuentro de alcaldes. Y viene Uno y me dice que tengo que cubrirlo y yo le digo para qué si la data que te tiro no la usás. Además en Londres no me puedo andar colgando de la ventana  que nos cagan a tiros. Me van a confundir con Bin Laden. Nada. Lo seguí. Ni siquiera disimulan. Durmieron juntos. Paseaban por el Big Ben de la manito. Yo le colé un micro en la valija. Tuve audio de la habitación, no imagen. Un audio de mierda, te digo. Nada. Se los escuchaba jadear y reír y decirse todas esas cosas que se dicen los enamorados, sean hombres u hombres y mujeres. Me di cuenta de que para él, el asistente es lo que para mí Fabiana. Hablaban de dejar a la mujer. Sí, la de él, mente podrida. Una parva de años hace que están. Tienen dos hijos, creo. Y uno de un matrimonio anterior de ella. El reptiliano le decía que no podía, que estaba viviendo el calvario de no poder seguir el mandato de su corazón. Re cursi, loco. Igual, te digo, debe ser  jodido. Sí, y para colmo con un tipo. Yo no sé qué le vio el asistente. Y no. Con Fabiana todo bien. Yo también quería dejar a mi mujer. Pero viste. Dos casas, dos autos, los chicos. Mejor aguantar a ver qué pasa. Además, loco, vos también estás casado. Vos sabés: cuánto tarda una en convertirse en igual a la otra. Enseguida el dedo que señala diciéndote lo que tenés que hacer o dejar de hacer. Alicia, igual, es de fierro: me trae a los chicos, todos los días, les acaricio la cara. No sabés la que estoy sufriendo. Es horrible no poder verlos, boludo. ¡Horrible! No. Los médicos dicen que por ahí, con el tiempo… pero yo me cago en las patas. ¿Sabés si me quedo ciego para siempre? Sí, ya sé que no va a pasar, pero ¿y si pasa? Es verdad. No tengo que ni pensar en eso.
A la vuelta de Londres le presento el informe y Uno me dice: pura basura me trajiste. Y qué querés, le dije, cuando te traigo oro en polvo no me das bola y ahora te quejás, gil. Qué van a esperar, ¿a que sea candidato a presidente y a que gane? Y mirá: un visionario fui. Ahí lo tenemos. El reptiliano es presidente. Por ahí, sí. Por ahí usan mi data para apretarlo. Seguro le sacan cosas. Es más fuerte la amenaza que la denuncia, ¿no? Viste cómo se manejan estos carroñeros del orto. Bueno, te dejo. Tengo curación ahora. Dale, la seguimos.  Nos vemos, nos hablamos. Chau, chau.
***

¿Qué hacés, loco? Qué bueno que llamás. Me hacés pasar el rato. Claro. Y sí. Todo bien. No. Nada. No me dijeron nada. Te cuento. El quilombo empezó cuando Mármol me llamó y dijo: es Nueve la de la fuga. Mármol en realidad no es operativo. Labura free-lance. Sí, vende laburo por laburo. Yo me llevo bien con él. Nos hicimos amigos, nos ayudamos. No tanto como con vos, Siete, pero viste cómo es: una mano lava la otra y las dos lavan la cara. Sí, también me llamó y quiso venir a verme pero le dije que no, viste cómo es esto. Yo le dije a Mármol: hay que hablar con Castiglione. Pero no, dijo  Mármol. Castiglione sólo va y trabaja si la orden viene de Cero. Claro. No. Lógico; no lo vamos a mandar nosotros, ¿no es cierto? No te da bola ese desgraciado. Para mí que disfruta con sus limpiezas, el desgraciado.  Te agarra de atrás y te estrangula el hijo de puta. Con una soguita. Qué querés que te diga; goza con eso. Frío como un bloque de hielo. ¿Sabés lo que me contó el otro día? Que antes de cada trabajo va a la puerta de las peluquerías y les revuelve la basura. Agarra los pelos que sobran del barrido y con esos pelos contamina la soga. Queda en la escena. Después toman el ADN de cualquiera. Imaginate, vas a cortarte el pelo y tu ADN está involucrado en un caso de estrangulamiento. Estás en el horno si te lo comparan con otra causa. Imaginate si algún día a estos reptilianos hijos de puta se les ocurre lo del ADN obligatorio. Tu perfil figura en el DNI. Cagamos. Y sí que se les puede ocurrir. Viste cómo es eso. Ahora quieren criminalizar la protesta. El que corte la calle va preso. Es un delito penal. Quiénes se creen que son. La derecha es así, boludo, viene y avanza, arrasa con todo. Como hacen con la selva cuando limpian para la soja. No queda nada. Sólo dólares, boludo. Se los van a comer cuando pudran todo el mundo. Son así, no les importa. Y yo desde que me contó lo de los pelos, me compré una Oster. Sí, son las de  los peluqueros. Me lo rapo. A veces cuando laburo uso peluca. Son boludeces pero hay que ser precavido. No, una mierda me crece el pelo. Apenas pelusa. Dicen que la pelada es por abuelo materno. Sí, el papá de tu mamá: si era pelado, fuiste. No sé. Cosas de la genética. Vos tenés suerte, tenés una pelambre…, viejo. Mi abuelo materno se llamaba Martín y tenía una calva lustrosa, así que imagínate.
Eso te digo. La cosa empezó a complicarse cuando Mármol me dijo lo de Nueve. Y viste cómo es. No voy a ir con el cuento a Uno y menos a Cero. El punto es que un montón de operaciones se frustraron culpa de la bendita fuga. Uno estaba como loco. Yo sé que sospechó de todos nosotros pero somos de fierro. Tal vez por eso no prosperó mi informe sobre el reptiliano. Me hace bien hablar con vos, boludo. Me siento solo acá. No. Alicia no sabe una mierda. Le dije que había sido un tiroteo, que quedé en el medio. Sólo que recopilamos información para el gobierno, bah, el antiguo gobierno. Por eso se vendió la flaca. Sí, Nueve. Está buena, te digo. Tiene buen culo. Y buenas tetas. Si tenía esperanzas ya las perdí con la jeta como la tengo, como una colita de cuadril mechada. Por suerte no puedo verme, boludo. No sé para qué me dan habitación si con un sillón me alcanza. No sabés. Me pongo frente a la ventana –las ventanas dan a Parque Centenario, eso lo sé- y al rato, por una cuestión térmica, tal vez, distingo en dónde está ubicada la ventana. Es decir: visualizo el calor. Yo me lo imagino rojo, rojo fuego, boludo. Y al resto de la pared lo veo negro. Es decir: negro con un círculo rojo. Claro, boludo, las ventanas del Hospital Naval son circulares. Y dan al parque. ¿Que qué hago en el Naval? Y, atiende OSECAC. Como monotributista a mí me tocó OSECAC. Una mierda, como quien dice. Damos la vida por la Organización pero somos monotributistas, nomás. Sin beneficios ni vacaciones.
Igual, en su momento, le había deslizado un informe a Uno en el que, muy tangencialmente, le daba a entender que me había llegado una data incomprobable, le puse entre comillas, sobre Nueve. Deducciones mías, como para que se diera cuenta. Como que algunos seguimientos se vieron frustrados cuando ella intervenía.
Bueno. Te dejo. Ahí viene la comida. Es un asco el morfi acá. Enferma más lo que comemos que lo que la gente trae de afuera. Deseame suerte, boludo, duele como la puta madre. Y sí, ya te digo, son los ojos. Además, tengo todo en carne viva.

***




Y claro que me doy cuenta de que es la mañana. Cantan los pájaros, loco. Los escucho: debe haber un árbol cerca porque algunos cantan más arriba y otros más abajo. Se los visualiza aunque no los veas. Es decir: veo negra la pared, el círculo celeste de la ventana -porque no hace calor ahora- y el esqueleto de un árbol, qué sé yo, un pino, un cedro, eso me imagino, con los pajaritos en las ramas. Además con la llegada del día el tráfico medio que se pone intenso. Bueno. Te contaba, ayer. Después de ese informe se me complica porque me aparece el perro muerto en la vereda. El perro, boludo. Lolo. Mi perro; no sabés lo que lloramos con Alicia. Y los chicos, ni te digo. Si siempre está adentro. Un re quilombo. Degollado. Sí. Un aviso. Yo le dije a Alicia, esto es obra de un loco. Nadie en sus cabales puede matar un perro. Lo que más te duele, chabón, es que son inocentes de todo, los perros. Son fieles, son alegres. Lo único que quieren es estar en la manada. Y ahora la manada se me estaba complicando a mí. Porque si le mando el informe a Uno y alguien se entera como para matarme el perro, la fuga es más grande de lo que parece, ¿no es cierto? Debe estar en los sistemas, Alguien lee o escanea la data. No puede ser. Y encima Castiglione estaba afuera, en Brasil, por lo del tipo ese que terminó, bueno, ya sabés cómo terminó. Entonces viene Uno y me dice vas a tener que operar vos sobre Nueve: desertó. No atiende los teléfonos, nada. Yo sabía que algún día me iba a pasar que iba a tener que hacerlo. No. Nunca. Pero había que hacerlo. Me acordé de Castiglione y lo de los pelos, entonces dije, ma sí, yo contamino todo con sangre. Fui y me conseguí de un laboratorio de análisis clínicos como diez tubitos con sangre. No. Tengo una prima que labura en uno. A Nueve no la íbamos a encontrar ni en pedo. Vos le das a la madre o a la hermana, ordenó Uno, donde se entera de a lo que estamos dispuestos, va a parar, antes de que le limpiemos a la otra. Ella vivía con la madre y una tía vieja. En San Isidro. Sí. Pero en la parte más pobretona. No tiene perro. De algún modo me pareció que el hecho de que no me saliera un perro a chumbar cuando salté la verja confirmaba que fue ella la que estuvo detrás de la muerte de Lolo, pobrecito. Sí. El perro, boludo. Gatos. Las viejas tenían gatos. No se me va más la baranda a meo de felino. No sé cómo mierda podían vivir en esa casa. Entré tranqui. Dormían. Y ahí medio que la cagué poque antes de hacerles nada empecé a esparcir por el suelo la sangre de los frascos. Quería hacer lo que me había dicho Castiglione. Un boludo total. Primero le tendría que haber dado porque cuando los gatos olieron la sangre vinieron y se pusieron a maullar, los pelotudos. Y cuando alzo la vista ahí la tengo a la vieja huesuda, con una bata de puntillas y una sonrisa traidora. No la olvido más. La hija de puta tenía una escopeta recortada. Fue lo último que vi, el fogonazo. El dolor. La huida a ciegas, tragándome las cosas. No. Se ve que la tenía cargada con cartuchos de sal. Después alguien me dijo que mucha gente le mete sal a los cartuchos en vez de perdigones. Sobre todo esas conchudas mata perros. Eso me salvó la vida, loco. Y habrá que aguantar, sí. La ceguera y este gobierno de reptilianos de mierda. Qué se le va a hacer. Lo que te mata, te digo es la espera. Ni siquiera leer puedo y Fabiana que no viene. Me abandonó, loco. Me dejó clavado. Solo. Escuchando radio y esperando las visitas. Y claro, tus llamados, viejo. Tus llamados son lo más: me desahogan. Porque sabés qué es lo más horrible de todo: la última imagen fija en las retinas ya inservibles, che. La cara biliosa de la vieja, la bata con puntilla: ¿Cómo es que se llaman esas telas? ¿Broderie se llaman? Y el fogonazo, loco. La flor de sal incandescente viniendo a quemarme las mucosas de la cara. Imprimiendo como un póster fijo la imagen de ese sol circular en la pared negra. Te mentí, viejo. Lo veo todo el tiempo, mire para el lado que mire. Ganó Nueve como ganaron los reptilianos. Ojalá algún día yo pueda volver a ver los pájaros. Volveremos, sí. Volveremos. Porque los pájaros siempre están en todos los árboles, todas las madrugadas. Solo que no les damos bola. ¿Por qué somos tan giles, Siete? Una mierda, che. Una verdadera mierda.

martes, 17 de noviembre de 2015

BUENAS NOTICIAS

Se dieron a conocer los ganadores del Premio Tejeda

La Municipalidad de Córdoba dio a conocer los nombres de los autores distinguidos por la edición 2015 del Premio Municipal de Literatura “Luis José de Tejeda”, de alcance nacional y abocado en esta oportunidad al género cuento. Los ganadores se detallan a continuación:

1° Premio, “VARIACIONES SOBRE EL MAGÚN”, de BEATRIZ ALOÉ (seudónimo: Cordobesuá), con residencia actual en Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

  Premio, “MAPAS”, de MÁRGARA AVERBACH (seudónimo: Selva Danel), con residencia actual en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires.

3°  Premio, “CONTINUIDAD DE LA OBRA”, de FERNANDO GARRIGA (seudónimo: Carlitos), con residencia actual en Ezeiza, provincia de Buenos Aires.

Las dos menciones honoríficas fueron otorgadas a las obras:
“LA SUPERACIÓN DEL TIEMPO” de GUILLERMO SANTIAGO GRIBAUDO (seudónimo Gambetti), con residencia actual en Villa Giardino, provincia de Córdoba.

“LA GUERRA DE LOS POZOS”, de JUAN REVOL (seudónimo Rigby), con residencia actual en Villa Allende, provincia de Córdoba.
La selección corrió por cuenta del jurado que integraron Jorge Felippa, Gustavo Gros y Sebastián Menegaz; y se realizó mediante convocatoria abierta y pública (http://oficinadeletras.cordoba.gov.ar/premio-municipal-de-literatura-luis-jose-de-tejeda-genero-cuento-2015/)
Sobre el PremioEl  premio Luis José de Tejeda fue instituido por Decreto Nº 372 “B” del Gobierno Municipal, el día 21 de Diciembre de 1984. Al denominar a este concurso con el nombre de Luis José de Tejeda (1604-1680), la Municipalidad de Córdoba rinde homenaje al escritor cordobés, el primero nacido dentro del territorio que comprende hoy nuestro país.
Este concurso, de carácter permanente y periodicidad anual, está destinado a promover, alternativamente, los géneros de cuento, poesía, novela, ensayo y crítica literaria.
Una característica destacable del Premio Municipal de Literatura es la publicación de las obras galardonadas, esfuerzo que se funda en el interés por jerarquizarlo y, primordialmente, en la necesidad de brindar un efectivo aporte a la cultura de modo que la obra literaria cumpla con su destino final de constituirse en un acto de comunicación con el público.