miércoles, 11 de octubre de 2017

Aprovechando la euforia por el triunfo de nuestra Selección: aquí va un cuento

Messi malísimo
Basado en una charla en la que Gustavo Abrevaya
encendió la idea.



Y pensar que esos pies que ahora huyen metidos en zapatos de mujer, alguna vez calzaron en el campo de juego unos botines Fulvence. No va a negar que lo  calienta andar así vestido pero en ese momento, y en medio del fárrago mental que es el pensamiento de todo fugitivo impelido a correr para salvar la vida, le viene a la mente el recuerdo de aquella tarde en la que Lionel le había dado unos Adidas nuevos en cancha del Sportivo Borges. Y qué tendrá que ver eso, se pregunta mientras corre, con que le están doliendo los dedos apresados en las sandalias; no sabe qué número serán, probablemente 38 porque eso es lo que calza la hermana en tanto él es 42 y los tobillos se le doblan al no saber llevar los tacos por más que intente moverse con la mayor elegancia posible a la salida de la escuela número mil ochenta, Gabriela Mistral. Está ahí porque le habían venido unas insoslayables ganas de llegarse hasta la votación para ser él también protagonista y participar del hecho de que el Frente llegue de una vez por todas a gobernar su ciudad, Rosario; porque tantos años de socialismo corrupto no se aguantan más. Pero no ha podido sufragar y en cambio ha tenido que huir despavorido por segunda vez en el día –la primera había sido cuando su madre, una cansina señora de unos sesenta años, lo descubrió en la habitación junto a aquel delicioso muchachito que no es cierto, como seguro deben andar diciendo, piensa, había secuestrado sino que el chico había querido estar con él por voluntad propia, porque le gustaba, porque ya lo habían hecho otras tantas veces, antes. Y como estaban distraídos en sus lánguidas caricias, no la habían oído llegar de la calle ni tampoco subir las escaleras. Al descubrirlos había gritado: ¡Baltasar! con ese agudo imperativo que utilizan todas las madres del mundo a la hora de inmovilizar sus presas, los hijos, tengan la edad que tengan–. Y había tenido que correr escaleras abajo; y como iba desnudo había manoteado de pasada lo primero que encontró: esos zapatos y el vestido floreado, rojo, de su hermana, Norah; al fin había ganado la calle y terminó perdiéndose de vista con el firme propósito de no regresar nunca jamás. Y en el trance de la huida se había puesto a pensar en el mensaje de Facebook que había mandado a la dirección que, le habían dicho, era la del padre de Lionel. Y en el mensaje decía que: él, Baltasar Espinosa, el antiguo adversario de Sportivo Borges, había descubierto cuál era su jugada y que la iba a hacer pública; porque, vamos, juega siempre igual. La toma a tres cuartos de cancha, hacia la derecha del campo y mete un pique rápido, en diagonal, deja a dos o tres en el camino y la clava de zurda junto al primer o segundo palo. ¿Cuántos goles se le vio, a Lionel, hacer así?  ¿Que la gente es boluda, acaso? Eso está arreglado. Es una coreografía como la de las películas de Jackie Chan. Lo corrobora el hecho de que se acuerda de, justamente, el día aquel en el que Messi vino con las inferiores de Ñuls. Debía tener doce como máximo y él, Baltasar, unos diecinueve. En el primer tiempo lo había pasado –jugaba de cuatro, él– como a alambre caído. Y no se lo iba a permitir, no. Le había zampado un guadañazo de atrás que lo había dejado llorando. Amarilla le había puesto el árbitro y los había mandado a todos al descanso porque de lo contrario, la cosa se le iba de las manos. En el entretiempo –hacía ese calor de mierda que hace siempre en Rosario– lo había encontrado en cueros en la canilla de los quinchos porque era de la única que salía agua de todo el club. No había podido resistir y se había apoyado en él, también de atrás, para que lo sintiera; porque Lionel estaba agachado, bebiendo del pico. Le había dicho eso que si lo pasaba de nuevo así le iba a hacer cosas peores. Messi, tal vez espantado, le había mirado los Fulvence, que ya tenían el cuero algo raído y le había dicho: “¿no necesitás unos Adidas nuevos, vos?” Tenía una voz grave, como de tipo mayor. No encajaba con ese pecho esmirriado al que le habían venido repentinas ganas de acariciarle las tetillas. No bien comenzado el segundo tiempo, lo había dejado pasar para que pudiera clavarla en un ángulo, sin más. Le quedaban pintados, los Adidas. Juan Otálora, que era el capitán, lo había mirado como diciendo: qué hiciste, pelotudo. Ese había resultado el juego de Lionel. No es que sea, Messi, malísimo; es un jugador bueno, buenísimo, superior a la media: pero arregla los partidos. Es una inversión que hace. Con los millones que tiene gasta dos o tres en defensores y listo, lo dejan pasar. A Baltasar no lo engañan, che; por eso arma los desparramos que arma. Y entonces, más convencido que nunca de su idea, se dice que ya es hora de votar. De todos modos da unas precavidas vueltas por los pasillos de la escuela llenos de gente, no sea que lo anden buscando porque, aunque vestido de mujer, cualquier policía avezado lo puede llegar a reconocer. Y ya se sabe que lo calienta andar con esa ropa y sobre todo los zapatos por lo que ahora ha dejado de pensar en Lionel y se pone a elucubrar, mientras camina, en que le han venido ganas de comprarse un esmalte rojo y pintarse las uñas de los pies. Es lampiño, Baltasar; y lleva el pelo largo  así que, con unos aros y algo de rouge, fetén, fetén. Al chico lo violaba el padrastro, no él. Se lo había confesado, antes, cuando lo conoció y lo había invitado, porque tenía hambre y hacía frío, con un café con leche y muchas medialunas. Lo había tratado bien. Habían estado juntos, después, esa y muchas otras tantas veces, porque el chico quería, porque le gustaba. Sí, le daba plata, pero como ayuda. Pero quién le iba e a creer; y menos en esa ciudad gobernada por socialistas. Por eso había escrito lo de Lionel. Porque se le había ocurrido que podía llegar a extorsionarlo. Ahora se distrae porque divisa a un chico de unos siete u ocho años que llora. Se detiene a su lado hecho una señora que se inclina y pregunta: ¿qué te pasa, mi amor? El menor dice que no encuentra a su mamá. Baltasar se conmueve; le pone las manos sobre los hombros quitándole una inexistente pelusa de la remerita y luego lo acaricia, como queriendo abarcar la desvaída totalidad de esa silueta delgada; con su procurada voz más suave lo tranquiliza diciéndole que la mamá mandó a buscarlo. Que venga, dice, que tiene caramelos. Pero no, eso no es lo que sucede. La madre aparece a los gritos  –porque había entrado al cuarto oscuro a votar– cuando ya se lo estaba llevando rapidito de la mano y tiene que echarse a correr, lo más erguido y digno posible a pesar de que se le doblen los tobillos que ¡mierda! cómo duelen al bajar los escalones para lograr escapar aprovechando la confusión y el revoltijo que se ha generado en la escuela en la que se lleva adelante el acto eleccionario.


(Este cuento forma parte del libro Continuidad de la obra, publicado
en 2016 por la Editorial Municipal de Córdoba en el marco del concurso
José Luis de Tejeda

domingo, 28 de mayo de 2017

La Flora Ancestral



Dedicado a JLO de Cuando el Arte Ataque que preguntó por mí




La luz de la mañana juega entre las plantas. Hay musas paradisíacas, geranios y azareros. El jardinero cuando corta el césped, siega sin saber los oxalis, las vicias bonaerensis y los dientes de león; todas especies originarias que, empedernidas, tras nada más una semana de lluvia, son bien capaces de volver como un colorido malón a teñir entera la campiña de amarillo y de violeta. 
Efedras, trilobium, carquejas, zefirantes: nombres desconocidos para aquel aquejado por la moda minimal de un jardín burgués con formios y agapantos. Aquel que ignora que, bajo sus zapatos húmedos de rocío, puede encontrar aroma y medicina.
Algo que en la antigüedad fuera conocido, nombrado y respetado como sagrado.
Algo que la perpetua brutalidad mandó al olvido y, con la ironía de una lengua apropiadora, juzgó pertinente al desierto. “Algo que no está, que no tiene entidad”.
La flora ancestral, para mí, es la memoria: resiste y espera.